Mi madre siempre me recuerda como, siendo solo una niña, le planteé lo que para mí era una cuestión de vital importancia: ‘Mami, ¿qué tengo que estudiar para ser profesional de escribir?’
En mi pequeña cabeza de 5 o 6 añitos pensaba que las cosas eran sencillas. Quería ser escritora, pues lo sería y punto. Total, solo tenía que sentarme y escribir todas aquellas historias que habitaban en mi mente… Siempre he tenido una imaginación sin límites. Y sí, es difícil que yo me aburra 😊
Pero, como todos sabemos, las cosas no son tal cual imaginamos siendo niños, o no lo son al menos para el 99’99% de la población, los que no tenemos apellidos poderosos o blindados con el símbolo del dólar.
Descubriendo una profesión fascinante…
Hay quien nace con una flor en el culo, y aunque yo no me puedo quejar, la flor no me vino incorporada y tuve, y tengo, que regar y cuidar con mucha paciencia y dedicación mi pequeño jardín para que siga floreciendo sin que las malas hierbas lo destrocen.
Mi madre, tras mucho pensarlo, resolvió mi gran enigma: ‘Para ser escritora, debes estudiar periodismo. Tendrás formación y cultura, y eso te ayudará a conseguir tus objetivos’.
Pues dicho y hecho. Me marqué mi meta y a por ella que fui. Cabezona soy un rato y a ‘borrica’ nadie me gana. Si me propongo algo, lo cumplo, y si me comprometo a hacerlo, nada me impedirá conseguirlo.
Y la verdad es que disfruté el camino muchísimo.
Periodismo es una carrera increíble. Nunca es suficiente para seguir aprendiendo. Te enseñan unos caminos que debes seguir, pero cada uno de ellos tiene sus propias bifurcaciones por las que puedes desviarte, o incluso crear nuevas, según la personalidad y ética de cada periodista.
Pero lo que a mi más me marcó es que me enseñaron a pensar. Sí, a pensar. A dejar de lado los prejuicios, reunir la información, ponerla en cuarentena, analizarla y, sencillamente, contarla. Porque sí, yo también soy de esas que creen firmemente en que un periodista DEBE contar la verdad de lo que está pasando en el mundo al mundo. Sin dejarse influenciar ni ‘comprar’ por nada ni por nadie.
Ética señor@s, ética. Y compromiso. Mi palabra debe valer siempre más que cualquier firma o moneda.
Dejándome llevar por la vida
Y sí, hubo una época de mi vida en la que me moría por ser corresponsal de guerra. Pero las circunstancias de la vida me llevaron por otros caminos… ni mejores ni peores, simplemente diferentes, que son los que me han acompañado hasta el día de hoy y me han ayudado a convertirme en quien soy.
Y uno de esos caminos me llevó a los deportes. Y, aunque es un campo que me gusta, tras varios años dedicada al básquet, balonmano y muy concretamente al Golf Femenino, la vida me dio otro giro y acabé, incomprensiblemente, en el mundo de la banca y las finanzas.
Yo, de letras puras, amante de cada una de las letras del abecedario, forofa incondicional del diccionario de la lengua española, enamorada de las onomatopeyas, los sinónimos, los antónimos, persona capaz de evadirse durante horas escribiendo y creando personajes e historias… de golpe y porrazo, me voy de bruces a la banca y a la economía. Donde todo son números, probabilidades y estadísticas.
Pero, para mi gran sorpresa, descubrí que no era difícil encontrar el lado fascinante de esa nueva profesión, siempre, por supuesto, sin dejar de lado mis colaboraciones y escritos, que eran los que me recordaban quién soy y hacia dónde quería seguir mi camino tras mi paso por el mundo financiero.
Descubrí que el mundo de los seguros es apasionante. De verdad que lo es. Si no te lo tomas como un producto que ‘colocar’ o ‘vender’, sino como lo que realmente es, un producto para ayudar y mejorar la vida de las personas, resulta que es fascinante. Pero es que las inversiones también lo son, los plazos fijos, los bitcoins, los planes de pensiones… ¿me estaba volviendo loca?
Pues no, simplemente estaba poniendo en práctica algo que mi padre siempre me decía ‘hagas lo que hagas, te dediques a lo que te dediques, hazlo con pasión’. Y eso es lo que yo estaba haciendo.
Y además, para qué negarlo, el trato con la gente es una recompensa impagable. Hoy en día, hace unos 5 o 6 años que abandoné definitivamente la banca como mi principal profesión, y todavía voy andando por la calle y me paran antiguos clientes para pedirme opinión sobre sus asuntos financieros… ¿será que lo hice bien? Me gusta pensar que, al menos, mis antiguos clientes piensan que sí.
Todos los caminos, al final, llevan a Roma
Pero la cabra tira al monte y mi monte es la comunicación. Necesito escribir tanto como respirar y empecé a darle fuerza a una idea que siempre me había rondado por la cabeza: ¿y si creaba mi propia empresa en la que pudiera pasarme el día entero escribiendo?
Pero era dar un paso demasiado grande, demasiado inseguro… con familia bajo mi responsabilidad ¿cómo lo iba a dejar todo y perseguir mi sueño? No, no, imposible, ¡qué vértigo!
Vértigo hasta que llegó la COVID-19. Vértigo hasta que nuestro mundo se trastocó. Vértigo hasta que me di cuenta de que la vida es efímera, breve, corta, un suspiro. Y que, si no hacía lo que siempre había querido hacer, con cabeza por supuesto, siempre me preguntaría qué hubiera pasado sí…
Y, como ya llevaba muchos años colaborando con algunos clientes, me lancé a la piscina. Decidí que era el momento de hacer lo que más me gustaba y que mi familia viera una versión de mí que desconocían. Mi versión más pura, más real, más yo. SER ESCRITORA.
Y en eso estoy. Escribo para mis clientes, escribo para mí, escribo para mis hijas, para mi familia, para mis amigos y, por supuesto, escribo para toda aquella persona que me quiera leer.
Porque las letras son mi vida, mi razón de ser, mi yo más íntimo y personal. En definitiva, mi pasión. 😊





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